Mis papás parecen mis abuelos

Publicado: 26 de septiembre de 2012 en Uncategorized

Quienes tienen la suerte de trabajar hacen jornadas laboral poco amigas de la vida familiar. Llegan a casa tarde y, cuando han formado una familia, tienen que sacar fuerzas de donde sea para empezar la segunda parte de su trabajo diario: los hijos. Pero por si nuestra forma de vida actual fuera poco problema, la crisis ha venido a hacerlo todo un poco más complicado. España no es país para hijos, como gran parte de las sociedades modernas.

La cuestión se agrava cuando esos hijos llegan en edades avanzadas. No es lo mismo educar teniendo menos de treinta años que tener un bebé cumplidos ya los cuarenta. La ilusión será toda, pero las fuerzas físicas y las responsabilidades laborales son distintas. En la sociedad de hoy la televisión o la consola se han convertido en formas de evasión, no solo para los niños, sino también para unos padres extenuados. Los abuelos ya no son quienes consienten, sino quienes cubren esas lagunas que aparecen por la falta de energías y de tiempo de unos padres volcados en su vida laboral.

La sociedad moderna ha cambiado tanto que nosotros, los humanos, hemos cambiado nuestros comportamientos como especie. Y eso, en el caso de España, se ha producido contrarreloj. En 1975, cuando veíamos la luz al final de la dictadura, uno de cada tres niños que nacían venían de una madre menor de 25 años. Con la democracia a pleno rendimiento, hace exactamente 30 años, el porcentaje se disparaba: el 35% de los hijos se tenían a esa edad.

Entonces el país empezó a prosperar, fuimos más ricos, acabamos por ser urbanitas en vías de modernización, aparecieron nuevas formas de trabajo y fuimos retrasando la construcción de las familias. También evolucionaron y se generalizaron los anticonceptivos y se intensificaron las campañas de educación sexual. En 1992 el porcentaje había bajado hasta el 20% y diez años después, en 2002, solo un 13% de los niños nacían de madres jóvenes.

Ramón López, catedrático de teoría e historia de la Educación de la Universitat de València, apunta que este hecho social “tendrá consecuencias en la educación de las futuras generaciones, aunque no todas serán negativas” porque la actitud de quien educa cambia con la edad. “A medida que uno va sumando años va relajando algunos de los principios rectores de su conducta que, tiempo atrás, parecían inamovibles”, comenta.

“Eso no significa una renuncia o cambio de valores: se mantienen buena parte de los principios, pero más relajados. Es como decir ‘la vida ya es suficientemente dura, no nos pongamos así’. Y estas conductas son perniciosas para la educación porque son difíciles de entender y asimilar en edades tempranas que necesitan referentes sólidos y fundamentantes. La vida luego ya los irá limando”.

En opinión de Víctor Renobell, doctor en Sociología, el hecho de que las nuevas familias tengan pocos hijos y sean más mayores que los padres que les criaron no tiene porqué suponer “grandes cambios sociales o educativos” ya que, bajo su punto de vista, “los cambios vienen por otros motivos, como por ejemplo la implicación mayor de la figura del padre en la educación”. “Cuando los dos padres tienen un mundo laboral similar, se han de repartir mejor las tareas lo que implica que, por ejemplo, veamos más padres a la salida de los colegios o en las consultas de los pediatras”, concluye. Es difícil aventurar a ciencia cierta qué pasará porque, como reconoce Ramón López, hay “poco estudiado a ese respecto”.

Lo que sí es un hecho es que la sociedad ha cambiado: tardamos más en salir de casa, tardamos más en tener trabajo, nuestros horarios son más exigentes y, por tanto, tardamos más en formar familias. Y eso, precisamente, hace que nuestro cuerpo esté peor preparado para tener hijos y que nos sea aún más difícil poder tener uno o más descendientes. Para colmo nuestros hábitos de vida nos hacen menos fértiles. Y, además de todo eso, está la crisis. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Pero todo empezó antes de la crisis, con un cambio de la estructura familiar en la sociedad moderna. Ese cambio progresivo se debe principalmente en opinión de Renobell “a la incorporación de la mujer en el mundo laboral, algo que también ha sido propiciado a su vez por la incorporación de la mujer a los estudios superiores, lo que provoca una entrada más tardía al mundo laboral y, al mismo tiempo, una mayor independencia económica femenina” que le permite retrasar su maternidad.

En este mundo tan centrado en la vida laboral la maternidad supone “una ruptura”. “Si trabajas, tienes unos ingresos determinados y adaptas tu vida a esos ingresos. La maternidad implica asumir un cambio de vida, difícil si vives acomodado a un ritmo de gastos acorde con tus ganancias”, concluye Renobell.

Tenemos hijos más tarde

Hemos cambiado nuestra forma de vida, pero nuestro cuerpo no está preparado para seguirnos el ritmo. Los treinta son los nuevos veinte para el ocio y la vida social, pero no a nivel celular. Según Casimiro Obispo, ginecólogo de la clínica IVI de Vigo, “la edad ideal no es discutible”: madres e hijos corren menos riesgos cuando se concibe “en la década de los 20 a 30 años”. Los riesgos que comenta el doctor no son tanto para los hijos como para las madres: “Con los años la salud de la mujer empeora, el sistema inmunológico está peor, la propensión a las enfermedades aumenta y eso conlleva que haya más patologías en la mujer gestante”.

El doctor Obispo describe problemas diversos derivados de quedarse embarazada más allá de los 30, tales como “cuadros de hipertensión, diabetes, colestasis gestacional, miomas en el útero, patologías endometriales…” Incluso adelanto de partos, con el riesgo que supone para los bebés. Y eso si se tiene la suerte de quedarse embarazada.

Y en estas llega la crisis para complicarlo todo aún más. Las viviendas se ponen por las nubes, empiezan los despidos y los pocos jóvenes que han conseguido emanciparse tienen que volver en muchas ocasiones a casa de sus padres. Formar una familia no es una prioridad; de hecho muchos ni se lo plantean. El año 2007, cuando empezaron los problemas, no se había registrado una variación significativa en las cifras del lustro anterior: como en 2002, casi un 13% de nacimientos venían de madres jóvenes. Pero en el primer semestre de 2011, los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística, la cifra ha caído dos puntos más, hasta apenas superar el 11%. En menos de dos décadas, casi la mitad.

Menor fecundidad

Además de todo lo anterior, los ratios de fecundidad han disminuido de forma alarmante: aunque lo intentemos, nos cuesta más tener hijos. A la contaminación, el sedentarismo y nuestros hábitos de vida hay que sumar ahora esta tendencia a esperar cada vez más a tener familia, cuando nuestro cuerpo ya no es tan fértil. “El sistema de Salud da pocas opciones de soluciones a mujeres con problemas de esterilidad y las clínicas de fecundación tienen unos precios que no todo el mundo puede permitirse”, comenta el doctor Obispo. “Con la edad, los óvulos y los espermatozoides son de peor calidad”, señala. “Es muy raro que se realicen técnicas de fecundación con los propios óvulos de las mujeres mayores de 40 años en las clínicas de fecundación, ya que la calidad del ovocito es bastante pobre”.

¿Tan mayores? En la primera mitad del año pasado uno de cada tres nacimientos se dieron en madres entre 30 y 34 años y, en un porcentaje levemente superior, en mujeres de 35 años o más. Es decir, cerca de un 68% de los nacimientos en España vienen de madres que ya han superado la treintena, edad ideal límite para dar a luz y, en un porcentaje elevado de casos, se dan en edades directamente peligrosas.

La inmigración mantiene nuestra natalidad

Las cosas empezaron a complicarse estadísticamente en 2010, cuando se rompió una racha positiva y se bajó a los 10,5 nacimientos por cada mil habitantes. Ahora tenemos 1,38 hijos por mujer, lejos de los dos que servirían para mantener la población. “Lo único que ha ido manteniendo los índices de maternidad en nuestras sociedades es la inmigración”, comenta Renobell. Y los números le dan la razón: las mujeres españolas tuvieron, en la primera mitad de 2011, 1,33 hijos de media mientras que las inmigrantes llegaron a los 1,64.

“Su cultura y modos de vida vienen determinados por familias más numerosas y siguen esos valores después de cambiar de residencia o de país. La mujer inmigrante suele tener más hijos porque no tiene un mercado laboral estable y la figura dominante de la dependencia económica sigue siendo el varón”, señala. “También resulta que es más común que vengan familias ya creadas, o sea un miembro de la familia el primero que emigra por motivos laborales trayendo luego el resto de la familia y siguiendo las pautas y valores familiares arraigados de su cultura natal”.

Pero esa ‘ayuda externa’ no es infinita. Renobell predice que eso pasa todavía “porque son las primeras generaciones de inmigrantes, pero los hijos de estas familias se irán adaptando a los valores del país y, en unas décadas, los hijos de esos primeros inmigrantes no tendrán tantos hijos como sus padres”.

Partos múltiples o hijos únicos

Tardamos más en tener hijos. Cuando los tenemos no estamos en plenas facultades y no nos da tiempo a permitirnos tener otro. Ese sería el perfil medio de la mezcla entre sociedad moderna y crisis económica. Pero lo que nuestro cuerpo no está preparado para hacer sí lo puede hacer la ciencia, y a ello se encaminan cada vez más parejas. Pero eso también tiene sus consecuencias. “Hay un aumento de los embarazos múltiples por culpa de las técnicas de fecundación”, reconoce el doctor Obispo. El hospital provincial de Vigo registró en 2011 un 32% más de partos múltiples. En el Hospital General de Albacete, a finales de año, informaban que se ha duplicado el número de partos gemelares y de trillizos en diez años. Solo en Aragón se registraron 260 partos múltiples en 2011, un 3,5% más que solo un año antes.

En opinión del doctor Obispo, este auge de los partos múltiples viene porque la elevada edad a la que las mujeres piensan en quedarse embarazadas hace que no se tenga “la paciencia mínima que la prudencia aconseja”. Un ejemplo, una mujer quiere quedarse embarazada a los 37 años. “Si no se queda pronto, en unos meses, pregunta y comprueba que la dificultad de tener hijos con óvulos propios es mayor después de los 40. Además detecta que el sistema de Salud solo cubre hasta los 40 años. La paciente pierde la objetividad y quiere tener un hijo ya, como sea. Una mujer en la década de los 20 no se plantea el tiempo, y además cumple el requisito de que le da tiempo a la naturalidad, que viene a ser como un año de relaciones sexuales normales”.

Es, por tanto, una situación en la que hay extremos. Por una parte, partos múltiples en rápido crecimiento y, por la otra, más familias sin hijos o con un solo hijo. “Al retrasar la llegada del primer hijo queda poco margen biológico sin riesgos para aumentar la familia”, comenta Renobell, además de señalar que “la conciliación del mundo laboral con la vida familiar es un reto complicado porque no existen en España políticas que la apoyen”. Y vuelta a la casilla de salida.

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